sábado, 16 de julio de 2016

LA NUBE DEL CARMELO



No se puede hablar del Carmelo sin resaltar la figura de Elías. En el capítulo 17 del primer libro de los Reyes en el Antiguo Testamento, aparece este personaje bíblico que llega para tratar de convencer a los israelitas de que sólo hay un Dios y que ese Dios es Yahvé, el Creador de cielos y tierra. En la época en la que los dioses falsos cobraban importancia entre el pueblo escogido, Elías es enviado por Dios para hacer notar su presencia ante un pueblo infiel y de poca fe. Es el momento en la historia de la salvación, en la que el pueblo de Dios se muestra infiel e idólatra. “El gran profeta Elías defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero”(Benedicto XVI). Es la misma época de la carestía y la sequía en Israel, y cuando el profeta sube al Carmelo, después de desenmascarar a los profetas del Dios falso Baal, oró a Yahvé para que descendiera la lluvia sobre la tierra reseca, manda a su criado divisar en el mar. Primero ve una nube pequeña que luego como huracán, anegó la ciudad. Con este hecho se marcael final de la sequía y demostraba que Yahvéh era el único Dios, fuerte que fecunda que hace reverdecer la tierra.

Bajo la inspiración del Espíritu Santo, los padres de la Iglesia la tradición carmelitana vieron en la nubecilla una imagen de la Virgen María; tal vez no desde sentido literal del texto, pero si como símbolo de fecundidad, aliento y esperanza para un pueblo. María es la “humilde esclava del Señor” (Lc. 1,38), pequeña y fecunda, cargada de vida como la nube que del mar subió al Carmelo, y que con su “fiat” marca, como creatura renovada, la nueva historia de la salvación, acogiendo en su seno al autor del género humano.

En efecto, María es la “llena de gracia” (Lc 1,28), la "bendita entre las mujeres" (Lc 1,42), la predestinada desde antes de su concepción para ser corredentora porque en ella “ha hecho grandes cosas el Señor” (Lc 1,49). Los carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios.


Orden del Carmelo

Durante los primeros siglos del cristianismo los Santos Padres consideraron a los profetas Elías, Eliseo y Juan Bautista como los «inspiradores» y «modelos» de toda la vida monástica cristiana.En el siglo XIII, el Patriarca Latino de Jerusalén, delegado papal en Tierra Santa, les pidió a los ermitaños del Monte Carmelo que ordenaran su estilo de vida, lo cual se concretó gracias a los Papas Honorio III e Inocencio IV. De esta manera, nació la orden religiosa de los Padres Carmelitas, que se extendió por el mundo tanto en su rama masculina como femenina.


Madre y hermosura del Carmelo

Desde finales del s. XII, los textos que hablan de los ermitaños latinos del Carmelo afirman que se reunían en una capilla situada en medio de las celdas y dedicada a la Virgen María, venerada como la «Señora del lugar» e invocada como Mater et decorCarmeli («Madre y hermosura del Carmelo»). De hecho, el nombre que se dieron a sí mismos es el de «Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo». 


El escapulario

Por entonces la gente normal disponía de poca ropa. Normalmente solo tenía una túnica, que se protegía con una especie de bata o gran delantal durante los trabajos. A esta prenda protectora se llamaba «escapulario», porque caía desde las «escápulas» (los hombros) cubriendo el pecho y las espaldas. Los siervos de cada señor feudal llevaban estos escapularios de un determinado color y tamaño, con lo que se podían distinguir en las guerras, a la hora de pagar peajes por atravesar las tierras del señor o participar en el mercado, etc. Como los carmelitas se negaron a tener ningún señor que les protegiera en la tierra, adoptaron el hábito y el escapulario de color pardo, de la lana de oveja sin teñir, que es el que llevaban los pobres y desheredados. 

El domingo 16 de julio de 1251, San Simón Stock, Superior General de los Padres Carmelitas del convento de Cambridge, estaba rezando por el destino de su orden, cuando se le apareció la Virgen María. La Virgen María vino a su encuentro con el escapulario marrón en sus manos, el mismo que los religiosos habían escogido, porque no querían señores feudales que les protegieran, ya que sabían que la Virgen era su Señora. Y la Virgen le dijo: «Este escapulario es el signo de mi protección». A partir de entonces fueron cesando las persecuciones y el escapulario se convirtió en signo de consagración a María y de su protección continua.

A lo largo de los siglos son innumerables los fieles que han llevado el escapulario como signo de su amor a María. También son numerosos los prodigios y conversiones que la Virgen ha realizado entre los que llevan con fe y devoción esta prenda tan humilde. Pío XII escribió: «La devoción al Escapulario ha hecho correr sobre el mundo un río inmenso de gracias espirituales y temporales». Y Pablo VI: «Entre las devociones y prácticas de amor a la Virgen María recomendadas por el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos, sobresalen el rosario mariano y el uso del escapulario del Carmen». 

El escapulario del Carmen es un sacramental. Según el Vaticano II, es “un signo sagrado, según el modelo de los sacramentos, por medio del cual se obtienen efectos, sobre todo espirituales, que se obtienen por la intercesión de la Iglesia” (SC 60).

Juan Pablo II lo llevaba siempre consigo y lo recomendó en muchas ocasiones, afirmando: «En el signo del escapulario se pone de relieve una síntesis eficaz de espiritualidad mariana que alimenta la vida de los creyentes, sensibilizándolos a la presencia amorosa de la Virgen Madre en su vida. El escapulario es esencialmente un “hábito”. Quien lo recibe queda agregado a la Orden del Carmen, dedicado al servicio de la Virgen por el bien de la Iglesia y experimenta la presencia dulce y materna de María. Por su parte, Benedicto XVI ha afirmado: «El escapulario es un signo particular de la unión con Jesús y María. Para aquellos que lo llevan constituye un signo del abandono filial y de confianza en la protección de la Virgen Inmaculada. En nuestra batalla contra el mal, María, nuestra Madre, nos envuelve con su manto».


Signo de protección en el mar.

Los marineros antes de la edad de la electrónica confiaban su rumbo a las estrellas. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.

Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar.

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